2008/11/16

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  • Bromas y maravillas
  • El País, 2008-11-16 # Ricardo Cantalapiedra

Ya se están empezando a montar los puestos del tradicional mercadillo de Navidad en la Plaza Mayor. Este año va a ser todo muy serio porque el alcalde ha prohibido la venta y exhibición de artículos de broma. Se acabaron las caretas, las bombas fétidas, los petardos, los caganers, el pene saltarín y demás procacidades festivas. Todos ellos se instalarán en la cercana plaza de Santa Cruz. La autoridad considera que "alteran el espíritu navideño", razón suficiente, dicen, para acabar con infiltrados jocosos en el portal de Belén. Pero los mandan a vender bromas frente al Ministerio de Asuntos Exteriores. No es fácil que al ministro y a los diplomáticos les haga gracia alguna estar rodeados de cuchufletas y polvos picapica. Veremos si al año que viene siguen allí las casetas de la risa.


La larvada sacralización de la Plaza Mayor coincide con la alucinante entrada en el Congreso de los Diputados de la Madre Maravillas, canonizada en 2003 por Juan Pablo II en la Plaza de Colón. La santa fundó el monasterio carmelita del Cerro de los Ángeles, hizo favores a los necesitados y logró salir ilesa de la Guerra Civil. Murió en 1974. Todos esos méritos seguramente son suficientes para subir a los altares, pero no parecen ser los adecuados para entrar en la Carrera de San Jerónimo por la puerta grande.


A pesar de ellos, la Mesa del Congreso ha aprobado rendir homenaje a la monja y colocar un rótulo conmemorativo en las paredes de la Cámara. La cosa parece de broma piadosa, pero es todavía más sorprendente la razón para conceder tales honores: "su notoriedad política y social". Parecen diálogos de carmelitas. En el Congreso sólo hay tres placas de similar categoría: la reina, el rey y Clara Campoamor, pionera del voto femenino. Santa Maravillas rompe esquemas, y escama a mucha gente. ¿Por qué el Parlamento se acerca a las sacristías de forma tan extraña?


Se podrían hacer homenajes similares a otras monjas políticas de nuestra historia. Ahí están religiosas tan hiperactivas como Catalina Erauso, la Monja Alférez; o sor María Jesús de Agreda, oráculo de Felipe IV; o sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, consejera de Isabel II, que provocó la caída del Gobierno de Narváez durante un día. Nos quitan las bromas y nos engatusan con maravillas. Aquí pasa algo raro.