2008/12/30

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  • Políticamente incorrupto
  • Deia, 2008-12-30 # Manuel Torres · Psicoanalista

Oscar Wilde dice que de lo sublime a lo ridículo hay sólo un paso, lo que, a mi modo de ver, guarda cierta consonancia con este bólido incontrolado llamado corrección política, que se desliza sin el menor sonrojo hasta alcanzar los ángulos más recónditos de nuestro mapa social, pero que, a medida que circula más libre y respetable enarbolando la bandera de la tolerancia y el respeto, aumenta también el cansancio de una ciudadanía cada vez más harta de sus propios excesos. Lo políticamente correcto se impone hasta conseguir que los libros de estilo de los periódicos se actualicen con más celeridad que un antivirus.

Un buen día, por ejemplo, los paralíticos dejan de llamarse así, para pasar a ser inválidos. Pero a alguien le parece que éste es un término vejatorio, y los convierte en minusválidos. Con eso y con todo, todavía hay quienes insisten en que el prefijo minus podría ser lesivo para la sensibilidad de alguien, pasando de inmediato a llamarse personas con movilidad reducida.

De esta guisa, y bajo dicho proceso evolutivo, un negro se torna afroamericano; los hombres pasan a ser la Humanidad; al patriotismo se le llama nacionalismo; a éste, separatismo; al matrimonio, vida en común; a la religión, fundamentalismo; a la moral, tolerancia; al terrorismo islámico, amenaza internacional; a las bandas latinas, grupos de amigos latinoamericanos; al dúo sacapuntas, escuela de Francfort, y así hasta acabar en una letanía de eufemismos tan ridículos como pacatos.

En fin, es lo que tiene vivir en una sociedad rica con preocupaciones de ricos, en la que lo políticamente correcto anega todos los órdenes de la vida pública, política, económica, moral, mediática, cultural, religiosa y, naturalmente, lingüística, hasta transfigurarlo en un poema.

Antes eran tipos con sotana, con uniformes grises, o subalternos de un dictador bendecido bajo el palio vaticano, los que regulaban cómo debíamos hablar, vestir, rezar, divertirnos, incluso pensar. Ahora, mucho más humanizado, es el espíritu progresista el que parece abrigar un sistema ético y moralizador -refrendado en las urnas- que dice ejercer bajo unos principios laicos, dialogantes, neutrales y, desde luego, contrarios a los dogmas viciados del pasado.

Los recientes casos ocurridos, tan disparatados como flagrantes, señalan algo de este vetusto guiñol: los crucifijos de la discordia (con la alarmante situación de la educación en este país); el caso de Sor Maravillas (tratado en el Congreso como si sus señorías no tuvieran asuntos más urgentes que atender); o el proceloso capítulo del aumento de pecho en una disco de Levante, que acabó por involucrar a ministerios, asociaciones feministas y agentes sociales de distinto pelaje, hasta instituir su total repulsa bajo la égida de un velado totalitarismo institucionalizado.

El caso me recuerda aquella tragedia hipócrita de los 70 que se cernió sobre Linda Lovelace, la heroína del porno-filme más rentable de toda la historia del cine, Garganta profunda, y del que ella apenas sacó una limosna. En la sociedad puritana de Nixon -que en ese momento no estaba para muchas bromas- la película fue triturada por el conservadurismo más reaccionario, escenificado con boicots sacrosantos a las puertas de los cines. Pero lo insólito es que también fue vapuleada con ferocidad por el feminismo más radical, al reprobar la utilización degradante de la mujer… en contra de las feministas menos beligerantes, que pregonaban la libre elección del ciudadano, sin censura ni cortapisas, de administrar su sexualidad como quisiera. Lovelace, desengañada y condenada por casi toda la sociedad norteamericana, fue dando tumbos hasta el último de sus días, finiquitados en un accidente de tráfico de 2002. Cuando extrajeron el cuerpo del amasijo en el quedó el coche, llevaba encima todo su capital: 56 dólares.

El lenguaje pude conducir al reduccionismo y, peor, el debate quedar en un discurso impostado y tramposo en aras (según dicen) de la igualdad, del respeto y la diversidad cultural, llegando a resultar tan cursi y ficticio como toser en el entreacto de una ópera. En España, el debate público se ha llenado de acusaciones de racismo, de homofobia, sexismo, maltrato animal, vejación a discapacitados, a otras religiones, etcétera. Y muchos se preguntan, sin por ello secundar ninguna de esas actitudes, si no habremos acabado también con la última reserva de sentido común. La publicidad televisiva ha sido, y es cada vez más, objetivo de esta observancia dogmática tanto en series de humor como en los propios anuncios, casi siempre supeditada a la desviación androcéntrica de los creativos, donde las demandas se buscan con tanto encono como el jabón va detrás de la mugre. El asunto llega a tal extremo que en algunos municipios, a las Navidades se las ha acabado llamando vacaciones de invierno, por respeto a la multiculturalidad, no vaya a ser que algún colectivo adscrito a otro credo se ofenda y nos llamen al orden, señalándonos de paso cómo se gestionan las cosas en democracia.

Estamos asistiendo a la última comedia mediática que encauza nuestro comportamiento social. Lo que llamamos "políticamente correcto" se termina imponiendo como una verdad irrebatible por la sencilla razón de que pensar de un modo distinto iría contra corriente. Cada vez más, ésta es una imagen que se ejerce expresando con tibieza cualquier tipo de opinión, no queriendo faltar al respeto a nuestro interlocutor, sobre todo si procede de una cultura distinta y distante (recuérdese la que se organizó por las caricaturas de Mahoma). Así, evitamos palabras malsonantes, calificativos duros, opiniones discordantes, hasta solo atrevernos a formular loas pueriles y fingidas. En definitiva, lo que inicialmente era sinónimo de mantener un talante conciliador, hoy en día viene a significar "censurar para prevenir".

Desde que a finales del siglo XVIII apareciera por vez primera esta manida expresión, en la sentencia de Chisholm vs. Georgia de la Corte Suprema de EEUU, el asunto ha corrido lo suyo. La actual adscripción de lo políticamente correcto engloba a la discriminación, represión, injusticia, exclusión, marginación por raza, por género, por minorías, lengua, orientación sexual, derechos de los animales, tolerancia hacia otras culturas…, hasta hacer del lenguaje (y de la ideología que lo articula) un absolutismo cultural engañoso y almidonado.

El lenguaje humano no es otra cosa que un sistema de signos convencional que late y se dinamiza con el propio devenir de su historia. Esa es la razón por la que hay un crisol de lenguas, y es por eso que los cambios son posibles y aceptables en un mismo idioma. Sin embargo, el lenguaje no puede quedar cautivo de lo políticamente correcto porque está enraizado en la propia cultura y en los avatares de su sociedad. Eso es lo que lo hace funcional para sus tareas sociales. No me cabe duda de que lo aquí dicho es políticamente incorrecto, pero alguien tenía que decirlo.