2008/10/24

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  • Los huesos secos en medio de la vega
  • Noticias de Gipuzkoa, 2008-10-24 # Braulio Hernández Martínez

El 16 de noviembre de 1938 un decreto de la Jefatura del Estado establecía, "previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas", que "en los muros de cada parroquia figurara una inscripción que contenga los nombres de sus Caídos, ya en la presente Cruzada, ya víctimas de la revolución marxista". Setenta años después, aquellas placas, para "perenne recuerdo", están en las fachadas principales de muchos templos; mientras que, por toda España, hay "territorios sembrados de horror": más de 30.000 cuerpos de ciudadanos proscritos, víctimas del llamado "Gulag de Franco", cuyo delito fue ser "republicanos"; ciudadanos borrados de la memoria, sus cuerpos permanecen en fosas comunes en cunetas, barrancos, pozos y cementerios.


Muchos, víctimas de la acción vengativa de un Régimen cuyo Caudillo fue deificado por la Iglesia, entronizado bajo palio en las procesiones religiosas. Una represión "alentada por las máximas autoridades militares y civiles y bendecida por la Iglesia católica" (A. Beevor). Muchos obispos, con los católicos "propagandistas", justificaron la sublevación calificándola de "Cruzada". El advenimiento de la República era visto por la Iglesia española como una traición inadmisible a la vieja alianza entre el trono y el altar. En el interesante documento-catequesis, Memoria histórica, ¿Cruzada o locura? (en www.comayala.es), el sacerdote Jesús L. Sáez hace un repaso sobre el comportamiento de la Iglesia durante la Guerra Civil y la posguerra. Huesos secos en medio de la vega se titula el último capítulo: un pasaje del profeta Ezequiel.


"Durante los 36 años de la dictadura del general Franco, los perdedores de la Guerra Civil no podían hablar en público de sus sufrimientos personales ni de las pérdidas padecidas por sus familias…" (Gabriel Jackson). Llama la atención la alarma de los obispos por la recuperación de la memoria de unos, los perdedores, acusándola de "selectiva"; a la par que preparaban concienzudamente una multitudinaria peregrinación nacional a Roma para beatificar a 498 "mártires" de la Guerra Civil: "un aliento para fomentar la reconciliación" decía el portavoz episcopal. Entre ellos no estaban un grupo de 13 sacerdotes y tres religiosos vascos asesinados por las tropas de Franco. "¡Cuidado con la memoria!…", advertía el cardenal, sobre los peligros de dar "la tabarra durante mucho tiempo" en defensa de la recuperación de la Memoria Histórica.


"Las guerras tienen caídos en uno y otro bando; las represiones políticas tienen víctimas, pero sólo las persecuciones religiosas tienen mártires", dijeron los obispos. En el libroMaestros de la República, los otros santos, los otros mártires , la autora, M. Antonia Iglesias, católica, recuerda que "en todas estas historias siempre sale un cura", actuando como emisario político del régimen, delatando ("de ideas marxistas, ateo, no asiste a misa"), calumniando, confesando y perdonando en nombre de Dios a gentes honestas enviadas al paredón sin pecado y sin delito, con la cruz entre sus manos.


Testigo privilegiado de aquella barbarie es el fraile vasco Gumersindo de Estella. Poco entusiasta de los cruzados por su barbarie fue conminado por su superior a tomar el primer tren hacia Zaragoza. Allí estuvo de capellán en la cárcel de Terreros. En sus escalofriantes memorias, Fusilados en Zaragoza. 1936-1939 , este capuchino que conocía el destino de muchos presos que acababan ante el pelotón de fusilamiento (por haber sido delatados por los propios curas), denuncia la complicidad de un clero empeñado "en acreditar con un sello divino una empresa pasional de odio y violencia".


"En los primeros meses de la Guerra Civil, los paseos contribuyeron enormemente a desacreditar a la República ... Pero los gobiernos de Madrid y Burgos tenían una actitud fundamentalmente distinta en cuanto al asesinato como instrumento político... Los tres gobiernos de guerra, los de Giral, Largo Caballero y Juan Negrín trabajaron sin descanso para reinstaurar una policía civil y procedimientos judiciales y carcelarios normales, y, a mediados de 1937, habían acabado con los peores abusos, excepto los cometidos en las prisiones estalinistas paralelas. En los territorios controlados por el Gobierno de Burgos, la ejecución sumaria de masones, comunistas, dirigentes sindicales maestros acusados de difundir propaganda izquierdista, campesinos y obreros sospechosos de oponerse a la dictadura... era política corriente. Hubo militares decentes que intentaron contener a los 'escuadrones de la muerte ', pero los generales Franco, Mola y Queipo de LLano, junto con sus partidarios de la Iglesia y sus organizaciones laicas, no hablaron jamás de restringir las purgas sangrientas. Como los asesinados en zona republicana eran, muchas veces, ciudadanos prominentes que habían compartido negocios, colegios y vacaciones con las clases altas europeas, lospaseos causaron gran impresión internacional, mientras que las muertes silenciadas de pobres desconocidos en las zonas gobernadas por los militares tuvieron poco impacto internacional…" (G. Jackson).


Alfonso M. Thió, sacerdote jesuita perseguido da este testimonio. Él estaba dando una tanda de ejercicios fuera de la ciudad, cuando una patrulla anarquista registró la casa. El jesuita pudo escapar, escondiéndose en un bosque. Allí, solo en la noche, pensaba en las raíces de aquella persecución: "Era evidente que la nueva sociedad que surgía en aquellos días rechazaba de una manera rotunda a Jesucristo y a sus ministros. Me preguntaba: ¿rechazan a los ministros por causa de Jesús o rechazan a Jesús por causa de sus ministros? La primera hipótesis es muy halagüeña, pero la segunda es también posible, y en el rechazarla de plano ¿no habrá nada de fariseísmo?".


No sé quién concibió el último parte de guerra del 1 de abril de 1939. Los redactores no actuaron presos de la embriaguez o el ardor del triunfo. De manera clara, admonitoria y lacónica avisaban, como en las guerras de Roma, que no habría piedad con el vencido. Sólo una mente perversa es capaz de planificar una especie de solución final selectiva al estilo del nazismo... Recordar la memoria de muchas gentes honradas, la mayoría muy humildes, mártires y héroes anónimos, que muy posiblemente nunca tendrán el reconocimiento por parte de una institución que proclama ser la guardiana de la doctrina de Cristo, es un noble acto de humanidad para 'poner un punto final a un agravio histórico, haciendo real y efectivo su clamor de paz, piedad y perdón. Ahora, además, es la hora de la justicia" (M. Pallín, magistrado del Tribunal Supremo).


"Nunca he incensado con tanta satisfacción como lo hago ahora con V.E.", le dijo al caudillo el obispo de Madrid, Eijo Garay, en la Iglesia de Santa Bárbara, al día siguiente del desfile de la Victoria. El general depositó su espada a los pies del Santo Cristo, leyó una oración y se hincó de rodillas ante el cardenal Gomá, que le bendijo. Ambos se fundieron en un abrazo.