2008/10/28

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  • ¡Verdades como puños!
  • El Correo Gallego, 2008-10-28 # Ignacio L. Balboa
¡Y a mí que me cae fenomenal este magistrado de menores de Granada al que se le entiende todo cuando habla! Dice Emilio Calatayud: "No soy psicólogo ni pedagogo, pero soy padre; y porque soy padre no soy colega de mis hijos, ya que entonces los estaría dejando huérfanos". Se puede decir más alto, ¡pero más claro...! Y lo dice alguien que lleva una pila de años dedicado a impartir Justicia y a sentenciar de modo ejemplar a menores que han cometido infracciones de carácter leve.

En su doble condición de padre y juez, señala Calatayud la enorme responsabilidad de los padres a la hora de inculcar a sus hijos comportamientos acordes con los valores propios de la sociedad en la que nos desenvolvemos: sus derechos, sus deberes y sus obligaciones. Y es claro que, en cuanto a estos últimos, la instrucción de nuestros adolescentes solemos delegarla -¡con más frecuencia de lo que fuera de desear...!- en manos ajenas cuando no mercenarias, haciendo ostentosa dejación de nuestros propios deberes y obligaciones en tanto que responsables de la educación de nuestros retoños.

Ya sabemos lo poco grato que resulta la permanente vigilancia y eventual corrección de las conductas impropias, cuando estas se refieren a los que son "sangre de nuestra sangre"; sobre todo porque llegan a nuestras vidas sin manual de instrucciones y siempre nos queda la duda de estar haciéndolo de la manera más adecuada para ellos.

No obstante, es nuestra función -¡además de quererlos con locura y darles todo el amor del mundo! -servirles de modelo en el arduo aprendizaje del oficio de vivir y corregir sus desviaciones a la hora de convivir. Y no son estas tareas delegables en profesores, educadores, pedagogos, psicólogos o jueces; ellos podrán eventualmente ayudar pero en ningún caso sustituir y mucho menos reemplazar. Y es por ello que no podemos torcer la cabeza hacia otro lado cuando vemos como nuestros adolescentes atentan reiteradamente contra su salud alimentándose a base de comida basura, consumiendo alcohol -¡incluso de alto octanaje...!- como si de adultos irresponsables se tratara, iniciándose en el hÁbito nefando del tabaco a edades cada vez más tempranas, coqueteando de forma ostensible con las drogas y adhiriéndose sin rebozo al sedentarismo a ultranza; se necesita coherencia en el discurso, claridad en el razonamiento de la negativa y firmeza en la prohibición, -cuando ello fuere menester- o seremos reos de su deterioro físico y moral en lugar de referencia y ejemplo de hábitos saludables.

Que nuestra juventud sea más sana, más culta, más solidaria, superando así con creces a las generaciones precedentes en conductas virtuosas -¡y no hablo de religión o moral, sino de salud y enfermedad!- en lugar de repetir hasta la saciedad los mismos errores que nosotros, sus progenitores, hemos cometido, es labor que compete a los padres y no al sistema educativo o a las administraciones públicas; estas tienen una función y la familia otra bien distinta, si bien ambas complementarias al tiempo que insustituibles.

No creo que haya labor más gratificante para el ser humano que ver crecer a los que son "carne de su carne", sanos de cuerpo, abiertos de mente y libres de espíritu; ni tarea que dignifique más que la contribución a la evolución y mejora constante de la sociedad a la que se pertenece por medio de la educación de los nuevos ciudadanos en los valores individuales y colectivos, cuya práctica hace que esta vida sea cada vez más larga y más plena. Y nuestros hijos pueden encontrar muchos "colegas", pero padres no tienen más que dos. ¡No les fallemos...!