2008/11/02

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  • Para mí tampoco son matrimonios
  • El Día, 2008-11-02 # Ricardo Peytaví
Conozco poco personalmente a Pilar Urbano. He coincidido con ella en un par de ocasiones, pero hace mucho tiempo. Poseo, sin embargo, amplias referencias de su labor a través de otros colegas. No me atraen de forma especial los temas que son de su interés. Lo cual, como es lógico, carece de importancia; sobre todo para ella. Pero eso no impide que reconozca su insuperable ética a la hora de ejercer el controvertido oficio de informar. Su cuerpo de mujer menuda no refleja su integridad moral propia de gigantes. En definitiva, si Pilar Urbano ha escrito en un libro que la Reina ha dicho esto y aquello de este y aquel asunto, creo sin vacilación que "realmente" lo ha dicho. No sólo por la rectitud de esta periodista, sino porque es de sobra conocida su amistad con Doña Sofía.


Mal que le pese a un fulano cada día más decadente y más don nadie en esta profesión, de Urbano se dice en Madrid, y también fuera de Madrid, que puede presentarse en la Zarzuela a media tarde sin avisar, y ser recibida.



Sea como fuese, poco importa en el fondo de este asunto lo que haya dicho la Reina sobre los matrimonios homosexuales. Cierto que la soberana consorte ha expresado su opinión sobre otros temas, pero sólo las bodas de gays y lesbis han enronchado a una parte del personal, que no a todo. Por lo demás, afirmar que los homosexuales tienen derecho a vivir en pareja, respaldados por una unión legal si tal es su deseo, pero con la salvedad de que eso no constituye un matrimonio, no es una opinión privativa de Doña Sofía por su condición de mujer católica con 70 años. La realidad, mal que pese, es que esa opinión la defienden también mujeres y hombres de 20 y 30 años -y de cualquier edad- que, por añadidura, son muchos más que ese exiguo 50 por ciento que la propaganda progre se empeña en hacernos creer. Si la mitad de la población fuese gay, se habrían acabado para siempre los problemas de crecimiento demográfico.



Todo esto, insisto, es secundario. Empieza a tener mal cariz, en cambio, que una asociación como la Federación estatal de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales -¿se queda alguien fuera?- haya sido capaz de torcerle el brazo a la Casa Real. No porque la Monarquía sea intocable, sino porque la citada asociación posee toda la legitimidad del mundo para existir como tal, pero es sólo eso: una organización más entre las muchas constituidas conforme a la ley. Conferirle atribuciones adicionales supondría admitir que una parte de la ciudadanía española -además, minoritaria- puede fiscalizar la opinión del resto: un segmento poblacional silencioso, pero en absoluto el más reducido.



Es en este punto donde la trifulca se sale de madre, pues empieza a conculcarse nada menos que la libertad de opinión. Algo de lo que sabemos mucho por estos alrededores, habida cuenta que el Parlamento vernáculo, un cabildo y dos ayuntamientos se han pronunciado contra la línea editorial de un periódico, que por cierto, es este mismo. Señores gays y señoras lesbianas: manifestar que las legítimas uniones entre ustedes son respetables, pero no son un matrimonio, no supone denigrar a nadie ni incumplir ninguna ley. Lo ha dicho la Reina, como supongo que realmente lo ha dicho -desmentidos de edecanes chupatintas aparte- y lo digo yo también. Si quieren quemarme por ello en sus hogueras mediáticas, procedan como les parezca. Eso sí, no voy a retractarme, como Galileo, para escapar de las llamas. A fin de cuentas, tampoco Pilar Urbano se ha comido el sapo que pretendían hacerle ingerir desde La Zarzuela. Acaso por eso hoy la admiro bastante más que ayer.