2008/11/24

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  • El crucifijo y la Constitución
  • Siglo XXI, 2008-11-24 # Fermín Bocos

España es un Estado aconfesional y así lo quisimos quienes hace 30 años votamos la Constitución que, conviene recordar, fue aprobada por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Por eso, invocando la Carta Magna, un juez le ha dado la razón a la Asociación Cultural Escuela Laica de Valladolid que había solicitado la retirada de los símbolos religiosos presentes en las aulas de un colegio público de E.G.B. El magistrado aclara en la sentencia que la presencia de símbolos religiosos en las aulas "vulnera los derechos fundamentales recogidos en los artículos 14 y 16.1 de la Constitución".


"El Estado -añade- no puede adherirse a ningún credo religioso ya que no debe existir confusión alguna entre los fines religiosos y los fines estatales". La sentencia obliga a retirar los crucifijos de las aulas. Lo que ha venido después, es una controversia propia de otras épocas. Para empezar, las autoridades de la Junta de Castilla León -a quienes corresponde cumplir lo señalado en la sentencia- han pasado de la inhibición ("La Junta acata la sentencia, pero son los consejos escolares los llamados a ejecutarla"), a anunciar que recurrirán. El teléfono de Juan Vicente Herrera, presidente de la Junta, debe haber tenido sobrecarga de llamadas durante el fin de semana.


Sobre todo, a partir del momento en el que el cardenal de Toledo, monseñor Cañizares, ha dicho que lo que viene a demostrar la mencionada sentencia es que padecemos una ola de "cristofobia" (sic).Tengo para mi que en esta ocasión, nuestro primer purpurado no lleva razón. En España, el crucifijo está presente en las aulas de los colegios y facultades de algunas universidades privadas y a ningún juez en su sano juicio se le pasaría por la cabeza ordenar que fueran retirados. Sí así lo hiciese, iría contra lo establecido por la ley.


Cosa diferente sucede -como es el caso de Valladolid- cuando se trata de un colegio público. ¿Por qué? Pues porque la Constitución protege la libertad de culto, pero la finalidad del Estado es procurar el bienestar de los ciudadanos, no estar al servicio del designio divino. En un Estado aconfesional la separación entre el ámbito teológico y el político es tan notable que por eso resulta tan llamativa la hipérbole utilizada por el cardenal de Toledo y Primado de España.