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2008/07/22

> Iritzia: Alberto Mira > EL CINE BIEN ENTENDIDO

  • El cine bien entendido
  • Frente a la censura y el estereotipo, una mirada insumisa sobre el séptimo arte saca la homosexualidad de la retórica homófoba que la convierte en rareza
  • El País, 2008-07-19 # Alberto Mira · Profesor de estudios cinematográficos en la Oxford Brookes University y autor de “Miradas insumisas. Gays y lesbianas en el cine” (editorial Egales). Ha escrito también el ensayo “De Sodoma a Chueca” y el diccionario de cultura gay “Para entendernos”.

Las relaciones entre cine y homosexualidad han estado dominadas por silencios, cautelas y distorsiones. Sin embargo, no se entiende bien a Cary Grant a menos que tengamos en cuenta el funcionamiento del armario en el Hollywood de la era clásica. Tampoco se entenderá el modelo "diferente" de masculinidad que aportan James Dean o Montgomery Clift, la retirada de Greta Garbo o la carrera de Jodie Foster sin tener en cuenta lo que significa "ser homosexual" en diversos periodos y las soluciones adoptadas frente a las presiones que la homofobia generaba. Hitchcock quería un reparto "con vibraciones homosexuales" y un guionista gay para La soga, a pesar de que la homosexualidad tuviera que quedar sumergida e invisible. Ya puestos, no se entenderá cómo se refleja la mirada gay de George Cukor si nos empeñamos en respetar el armario en el que él mismo se parapetó (de manera selectiva) o en recurrir a distorsiones estereotípicas sobre la pluma.


Al centrarnos en la recepción, nuestra perspectiva será menos rica si, al hablar de lo que significan ciertas películas, ignoramos las lecturas gays de Mujeres, de Cukor, o Los caballeros las prefieren rubias, de Hawks, que para Alexander Doty es un excelente ejemplo de "cine bisexual"; de Sólo el cielo lo sabe, en la que tanto Fassbinder como Todd Haynes han encontrado una especial fascinación. Finalmente, resultará imposible dar sentido pleno a Sara Montiel, a Judy Garland o a Julie Andrews sin referirnos al modo en que gays o lesbianas se han identificado con las estrellas y han cultivado su potencial icónico. Son modos de aproximarse al cine que sin duda cuestionan el lugar pasivo que los estudiosos asignan tradicionalmente al espectador: su mirada en estos casos se resiste a la literalidad y contamina la lectura de experiencias y conocimientos privilegiados, con un componente individual y un componente subcultural compartido, en el caso que nos ocupa, con otros homosexuales.


Este tipo de lecturas se producía, muy especialmente, cuando, debido al repertorio limitado de estereotipos (negativos) con que se construían los personajes homosexuales, los espectadores se veían obligados a utilizar su propio conocimiento para "verse" en otros más atractivos. El "entender" gay es, así, sinónimo de "saber más". Cuando un espectador gay veía que los homosexuales del cine eran corruptos, enfermos o suicidas, como sucedía casi invariablemente desde los años cuarenta hasta los ochenta, era normal que utilizase sus propias vivencias para verse en alguno de los papeles homoeróticos de Montgomery Clift, por ejemplo, de quien se decían tantas cosas, o aventurase que Bette Davis y Miriam Hopkins tenían más que una "vieja amistad".


En cuanto a los silencios sobre la homosexualidad, forman parte de una ortodoxia en la manera de ver el cine que hasta la llegada de los estudios culturales fue hegemónica entre los especialistas, y el conjunto de cautelas, prohibiciones y censuras son parte de lo que denominamos "el armario". Lo que podemos llamar "mirada insumisa", refiriéndonos específicamente a una determinada manera de ver y hacer cine, es en el fondo parte de un proceso normalizador que se propone como alternativa a los silencios y los estereotipos, para lograr una percepción de la experiencia del cine más amplia y menos dominada por el prejuicio.


En especial, el carácter escurridizo y problemático de la categoría "homosexual" todavía nos impide verla como una parte integral de la experiencia del cine, del arte, de la vida, consignándola al misterio, a la oscuridad, la excepcionalidad. Efectivamente, cualquiera mencionaría Los chicos de la banda como ejemplo de "cine homosexual", porque efectivamente parece que es de interés sólo para los miembros de este colectivo, pero nadie recuerda Arrebato, la extraordinaria película de Iván Zulueta sobre drogas, vampirismo y una seducción homoerótica, cuyo sustrato está en una experiencia autorial que se expresa con mitologías, como la de Peter Pan, bien extendidas entre otros autores homosexuales del periodo (de Terenci Moix a Leopoldo María Panero). Así, cuando se quiere alabar una película con personajes homosexuales (un caso más o menos reciente lo tuvimos con Brokeback Mountain), el crítico insistirá, con una frecuencia que ha convertido tales opiniones en verdaderos clichés, en que "no es cine gay" sino "buen cine", como si ambos términos fueran antitéticos. La etiqueta "homosexual" se activa así arbitrariamente o, en todo caso, siguiendo pautas ideológicas (homófobas) para construir un gueto, aislar una faceta determinada del deseo o la identidad de género (lo cual, ya que estamos, es la principal razón de ser de la categoría desde su aparición a mediados del siglo XIX). De ahí, por ejemplo, que un crítico catalán se mostrase molesto, en su reseña de La mala educación, por el uso gay de Sara Montiel, sintiendo que la mirada gay estaba "degradando" a la estrella al consignarla al gueto. Pero ¿sería Sara Montiel el mismo icono si no hubiera sido construida y apropiada por miradas homosexuales, empezando por Juan de Orduña y siguiendo con todas las drags que han mantenido el mito vivo hasta su último reciclaje en la película de Almodóvar? No es que haya una "Sara Montiel gay", es que Sara Montiel es también gay. Y la etiqueta gay, hay que recordarlo, no degrada a nadie.


La visibilización de la experiencia de espectadores y creadores en términos de mirada insumisa saca la homosexualidad de la retórica homófoba que la convierte en rareza. Para esto, en muchos casos habrá que superar la mística del armario como lugar sagrado de la vida privada que refuerza los silencios apuntados: si de algo han servido veinte años de estudios sobre la homosexualidad es para fijar la idea de que el armario, como dice el periodista David Ehrenstein, no existe hoy por hoy para proteger la intimidad de los homosexuales, sino para mantener su visibilidad a raya; uno no se refugia en el armario, es aprisionado por él. Una vez superados los obstáculos que dificultan el reconocimiento de la expresión homosexual en primera persona podremos realmente investigar libremente y sin tapujos los modos en que la mirada homosexual se implica en el cine, a menudo en contra de toda una serie de presiones externas.


En este proceso habrá que dejar de lado el estéril debate sobre "cine gay" o "estética gay" y tomar como punto de partida lo constatable: los homosexuales históricamente se han enfrentado al cine de maneras específicas, a veces dentro de marcos de lectura propios, y han elegido ciertos temas, motivos o estructuras como inspiración cuando se expresan a través del cine. Dichos marcos se activan en la lectura y en la creación, y a menudo existe una relación entre ambos procesos: un cine parte de la experiencia homosexual, se codifica en términos heterosexuales y es leído subculturalmente por un determinado sector del público que conoce las claves.


Por supuesto, esto no significa que la experiencia gay, la del espectador o el cineasta, sea estable. No lo es históricamente. En épocas que prohibían la circulación de referencias a la homosexualidad o castigaban la expresión en primera persona, esa experiencia era forzosamente invisible y sólo podía compartirse con grandes cautelas. Hay también cuestiones de temperamento o incluso de estrategia: ciertos homosexuales prefieren moverse en círculos subculturales y otros prescindirán al máximo de esa subcultura para evitar el estigma. Con todo, es previsible que existan algunos aspectos de la experiencia homosexual que sí serán reconocibles y generalizables.


Así, no deja de sorprender que, a pesar de lo heteróclito de las experiencias individuales, encontremos referentes comunes en tantas miradas homosexuales sobre el cine. Las lesbianas tienden a preferir las películas con mujeres que se salen de los estereotipos tradicionales de género o que introducen ciertas convenciones en el tratamiento de las amistades femeninas. Tradicionalmente los hombres gays han descubierto subtextos similares y han encontrado en las películas con divas, en los musicales o los melodramas terrenos abonados para encontrarse a sí mismos. Y a menudo estas preferencias son también las de los propios cineastas: las investigaciones de William J. Mann han revelado el papel de los homosexuales en la mítica Unidad Freed de la Metro Goldwyn Mayer, especializada en musicales, y Bodeen DeWitt, el guionista de las películas clásicas sobre la mujer pantera, era gay y, como declarará con el paso de los años, consciente de reflejar su propia experiencia en la de sus personajes.


Así, se cierra el círculo: una vez integramos de manera visible la homosexualidad en la experiencia del cine despojándola de todo estigma, se enriquecen nuestras lecturas del mismo, al poder ver en las películas, también, un punto de encuentro entre la mirada insumisa del cineasta y la de determinados espectadores. Esto no significará que las películas en cuestión sean exclusivamente gays, pero sí sugiere que la mirada gay puede proyectarse de manera especialmente legítima sobre éstas: descubriendo la especial intensidad de la mirada en Picnic, a partir de la mirada del homosexual William Inge, el verdadero problema de La mujer pantera, referentes que añaden sentido al cine de Almodóvar o la inspiración en culturas gays que puede percibirse en Moulin Rouge, Chicago o The Rocky Horror Picture Show. No hay cine gay, pero hay, sin duda, una experiencia gay del cine que incluye a Cary Grant y a James Dean, a Greta Garbo y a Sigourney Weaver, Arrebato y Pink Flamingos, Muerte en Venecia y Querelle y que hoy, por fin, podemos cultivar en lugar de ignorar.

2008/03/07

> Iritzia: Alberto Mira > GAYS DE DERECHAS

  • Gays de derechas
  • Universo Gay, 2008-03-07 # Alberto Mira

“¿Cómo se puede ser gay y de derechas?”, se preguntaba mi pareja exasperado, refiriéndose a uno de los novios (es una larga historia) de mi amigo Jorge. Ciertamente es un fenómeno que algunos gays no alcanzan a comprender, como si la expresión perteneciera al ámbito del oxímoron o simplemente como si se quisiera llevar la contraria al orden normal de las cosas. Según este punto de vista, la derecha es lo más contrario al bienestar de los homosexuales, resulta inflexible en esta cuestión, es, en una palabra, “homófoba”, así en bloque y sin ambigüedades. Todo lo más, de existir, los gays de derechas serían unas armarizadas insufribles, presas de sus contradicciones, probablemente con cosas mentales raras, y sin duda incómodos con su sexualidad. Pero la actitud hacia la propia sexualidad no está relacionada de manera unívoca con el posicionamiento político.


Lo cierto es que existen gays de derechas y están tan cómodos con su homosexualidad como los gays de izquierdas. Mucho más que algunos gays de izquierdas, incluso. Y ya puestos (espero que nadie se escandalice), a veces me siento mucho más cercano y mucho más cómplice con mis amigos gays de derechas que con un hetero homófobo de izquierdas. La distancia ideológica puedo salvarla, ignorar la homofobia me cuesta más.


Históricamente encontramos que tanto la izquierda como la derecha han utilizado la idea de la homosexualidad para desautorizar a aquellos que se consideran enemigos. En De Sodoma a Chueca comentaba que al inicio de la Guerra Civil, la derecha propagó el rumor de que Azaña, presidente de la Segunda República, era maricón, y los rojos hicieron lo propio con José Antonio Primo de Rivera, ideólogo de la Falange. Por otra parte, hay una larga tradición de homosexuales conservadores, aunque es cierto que acabamos por saber menos de ellos. Se me ocurre Noel Coward, sin ir más lejos. Los curas homosexuales (y hay muchos) serían, asumo, de derechas así como todos los militares homosexuales, lo que pasa es que la homofobia es parte escencial de estos ámbitos, así que en general se abstienen de declaraciones y hacen todo lo posible por pasar desapercibidos, con lo cual son menos identificables. El ensayista gay más influyente de las últimas décadas, Andrew Sullivan, se declara de derechas. A lo largo del siglo XX, tanto los regímenes de extrema derecha como los de extrema izquierda han dado muestras de homofobia, lo cual sugiere que ésta va más allá de las opciones políticas: por cada Hitler hay un Stalin, un Castro.


Sin duda el grueso de la cultura gay se acerca a la izquierda en los años sesenta, y esto resulta especialmente cierto entre los activistas. Esto sucede porque es la izquierda la que adopta la causa de la revolución sexual, y los gays del momento pensaban que esto les incluía a ellos. En España a esto hay que añadir que la derecha que nos gobernó entre 1939 y 1976 las hizo pasar canutas a los homosexuales (como las hizo pasar canutas a cualquiera que no siguiera ciertas pautas de comportamiento). El caso es que es fácil ver que coincidiendo con la emergencia de una izquierda que se convirtió en alternativa política, la situación de los homosexuales mejoró. Y los homosexuales en 1977 buscaron siempre el apoyo de opciones a la izquierda del espectro, porque con la derecha ya se sabía que no podía ser.


Sin duda la situación ha cambiado. El gobierno del Partido Socialista se ha mojado, sin tener por qué hacerlo, por los derechos de los homosexuales. Pero también cabe señalar que esta derecha no es la de los años setenta en la cuestión homosexual. Por una parte, la causa de la Revolución sexual, que antaño era determinante en la división entre izquierda y derecha, ha dejado de ser tema candente. Cierto que la derecha es más puritana en estas cuestiones, pero ya no hacen del sexo caballo de batalla. A ver, ciertamente se declaran contra “el matrimonio homosexual”, pero en su discurso ya no encontramos, salvo excepciones como los Polainos y compañía, la homofobia de antes. No sería de recibo. Líderes del PP declaran que a ellos lo único que les molesta del asunto es que se llame “matrimonio”. El argumento es implícitamente homófobo, pero hace una década probablemente habría dado pie a expresiones de homofobia mucho más brutales. La mayoría cuestionarán, un poco por lo bajines, el tema de la adopción. Pero seamos sinceros, la derecha ya no es lo que era. Se puede ser gay dentro del PP, y no pasa gran cosa. Tampoco en el PSOE tiene que ser un camino de rosas, cuando un reciente candidato a un puesto importante optó por el armario.


La gente no vota sólo “como homosexual”, y la sexualidad no ocupa el mismo espacio en las vidas de todos. Algunos, por trabajo o por inclinación, vivimos a gusto en esta idea de subcultura. Otros, una vez pasan los rituales de salir del armario y emparejarse, dan la espalda a cualquier cosa que sugiera esa subcultura con la que no se sienten relacionados. Esta distinción siempre me ha parecido más relevante entre los gays que la ideológica. Hace una década, en los Estados Unidos el partido republicano empezó a admitir homosexuales visibles en sus filas: la idea era que los homosexuales podían votarles de manera natural, porque al no vivir en familias (generalmente) y con su tendencia a constituir parejas en que había dos sueldos, preferían políticas que les permitiesen administrar su dinero, en lugar de una actitud más social que se dedica a escuelas, protección familiar y apoyo a madres solteras (a menudo heterosexuales). Socialmente, cuando se supera la amenaza de leyes opresivas, tiene cierto sentido que los homosexuales viren hacia la derecha y creo que no sirve de nada escandalizarse al respecto. Es decir, que no se trata de acusar a los gays de derechas de incoherencia, sino de producir un discurso que reivindique el hecho de que son gays, y por lo tanto “de los nuestros”, y que, en cierta medida, hay motivos por los que además de votar con la mano en el bolsillo o con la mente en una visión de la sociedad, tengan en cuenta otras razones que tendrán lo suyo de egoísmo.


En estos términos, el tema del matrimonio me parece que invita a que los gays de derechas, esta vez, voten como gays y no como conservadores. La reforma de la definición del matrimonio que realizó el gobierno de Rodríguez Zapatero en el 2005 hace que exista una división entre los dos principales partidos en este sentido. De hecho yo diría que dejando de lado la cuestión de principio, los gays de derechas tienen más que agradecerle que los gays de izquierdas: al fin y al cabo, los gays conservadores son, intrínsecamente, más proclives al matrimonio y la profesión de monogamia. Así que, dado que, según el señor Rajoy, ya no hay ni derechas ni izquierdas (es decir el que uno sea de derechas no significa que tenga que votar al señor Rajoy), ¿por qué no dejarnos de exclusiones? La opción política es cosa de cada uno, pero, por su propio interés, aunque sólo sea por mantener vivo el principio conservador de que el matrimonio es la base de la sociedad y las parejas sólo serán normales si son legítimas, hay motivos para que los gays de derechas, en esta ocasión, voten por partidos distintos al PP que son los únicos que van a proteger su estatus legal.